Desde que comencé a interesarme por las finanzas globales, siempre me ha llamado la atención cómo el acceso a los servicios bancarios puede transformar vidas.
Hoy, ese gran ideal —la inclusión financiera— no es ya una ilusión lejana; toda vez que se ha convertido en una realidad tangible para buena parte de la población mundial, aunque persisten desafíos estructurales que condicionan su pleno impacto.
De acuerdo con la edición más reciente (2025) del informe del World Bank (Global Findex), aproximadamente el 79% de los adultos en el mundo ahora cuenta con una cuenta formal —ya sea en un banco, en una entidad de dinero móvil o similar—, frente al 51% reportado en 2011.
Ese salto no es menor, ya que representa miles de millones de personas que antes carecían de una vía segura para ahorrar, recibir pagos, pedir un préstamo o enfrentar emergencias.
Gran parte de dicho avance se debe al creciente uso de la tecnología móvil.
En economías de ingresos bajos o medianos, la adopción del dinero móvil ha crecido notablemente; por ejemplo, en 2024, cerca del 10 % de los adultos en esos países usan cuentas de dinero móvil para ahorrar, el doble de lo registrado en 2021.
Además, se estima que ahora unos 40% de los adultos en dichos países ahorran formalmente, lo que representa el mayor aumento en más de una década.
El panorama ya no se trata solo de abrir cuentas, sino de permitir que las personas realicen pagos digitales, accedan a crédito y gestionen sus finanzas con herramientas modernas.
Según el mismo estudio, el uso de los servicios financieros digitales —pagos, ahorros, operaciones cotidianas— se ha expandido notablemente.
Sin embargo, la historia no está completa. A pesar de los avances, aún 1.300 millones de adultos permanecen fuera del sistema financiero formal.
Muchas de esas personas se concentran en unos pocos países y suelen ser mujeres, hogares de bajos ingresos o personas con menor nivel de educación.
También se documentan desigualdades de género en el acceso y el uso, sobre todo en economías de ingresos bajos y medios; en 2024, el 73% de las mujeres tenía una cuenta financiera, una cifra menor que la de la población general.
Además, tener una cuenta no garantiza la salud financiera, entendida como la capacidad de ahorrar, manejar la deuda, enfrentar emergencias y planificar el futuro.
Incluso en países donde la bancarización es casi universal, muchos individuos carecen de ahorro suficiente o desconocen conceptos clave como inflación, presupuesto, inversión o manejo de deudas —limitando el potencial transformador de la inclusión.
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