En los últimos años, la educación financiera digital se ha convertido en una herramienta decisiva para el empoderamiento económico de mujeres y jóvenes.
Cuando la tecnología se combina con programas educativos bien diseñados, los resultados trascienden las estadísticas; toda vez que, se transforman vidas, se generan oportunidades y se construyen comunidades más resilientes.
La inclusión digital ya no es una aspiración, sino una necesidad. Organizaciones públicas y privadas han impulsado iniciativas que promueven la alfabetización financiera y tecnológica, acercando conocimientos que antes parecían reservados a especialistas.
En tanto, Programas como “Mujeres con Propósito” de Mastercard han demostrado que la capacitación en herramientas digitales y gestión financiera puede cambiar el rumbo de una familia o incluso de una comunidad entera.
Uno de los aspectos a valorar de estas iniciativas es su enfoque práctico; ya que, no se trata solo de enseñar a usar una aplicación o abrir una cuenta digital, sino de fomentar la toma de decisiones financieras conscientes.
Existen talleres donde mujeres emprendedoras aprenden a registrar sus ingresos, manejar pagos electrónicos o acceder a microcréditos digitales, y los resultados son palpables: mayor autonomía, confianza y visión de largo plazo.
La tecnología cerca de mujeres y jóvenes
Las estrategias más efectivas suelen combinar tres elementos: acceso, conocimiento y acompañamiento.
El acceso tecnológico garantiza que las personas puedan utilizar herramientas financieras digitales; el conocimiento les permite comprender y aprovechar su potencial; y el acompañamiento asegura la continuidad del aprendizaje y la aplicación práctica. Sin estos tres pilares, los esfuerzos de inclusión se diluyen.
Además, casos locales, como los impulsados por laboratorios Fintech en Jalisco y Ciudad de México, donde jóvenes desarrollan soluciones de ahorro e inversión con impacto social, me han inspirado profundamente.
Estos proyectos evidencian que el talento y la innovación florecen cuando existen las condiciones adecuadas.
Hoy más que nunca, se debe apostar por la educación digital inclusiva como política de desarrollo económico; en donde empoderar a mujeres y jóvenes no solo fortalezca la economía individual, sino que impulse el crecimiento colectivo.
Porque la tecnología, bien utilizada, puede ser el puente hacia un futuro financiero más justo, equitativo y sostenible.